“Los llevaré a mi cerro santo y haré que se sientan felices en mi Casa de oración” (Isaías 56:7). Es decir, Dios acepta a todas las personas, sin distinción de raza o nación. Existen muchas personas que son maltratadas, humilladas o perseguidas, e incluso asesinadas, por su forma de pensar y de actuar en el ámbito social o político. En ocasiones, la persecución se da incluso dentro de la familia, tan solo por pensar diferente. ¿Qué nos pide Dios ante todo esto? ¿Qué opinas del mensaje de Jesús a través de su Palabra?
El Evangelio de hoy es una catequesis sobre la aceptación de todas las personas, a partir del ejemplo de la mujer cananea que buscaba en Jesús compasión para ella y para su hija. Aunque pueda resultar difícil de comprender, Dios no actúa como el ser humano: no es egoísta y está para todos. El diálogo entre Jesús y la mujer así lo demuestra. Por eso Él le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo”. Y en aquel momento quedó sana su hija (Mateo 15:28). El mensaje de la Palabra de Dios supone que debemos de aprender algo y ponerlo en práctica de inmediato: revisar nuestra actitud y la forma en que tratamos a los demás, especialmente a quienes consideramos diferentes por ser inmigrantes, de otro país o de otra cultura. Jesús cambia su actitud ante la petición de la mujer y, además, la enaltece por su gran fe. ¿Qué me enseña ese cambio? Pidamos al Señor que nos ayude a ser mejores y a tener un corazón más abierto, capaz de respetar y aceptar a las personas que piensan y actúan de manera diferente a nosotros.
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