El seguimiento de Cristo implica también llevar la cruz. Y no se refiere a esas hermosas cruces de oro fino que llevamos en el cuello. Se trata de otro tipo de cruz: la cruz de cada día, en la familia, en el hospital, en la cárcel, en la lucha por los derechos de los inmigrantes y al dar voz a quienes no pueden defenderse, por mencionar solo algunos ejemplos. El discípulo que sigue al Maestro le entrega su vida sin reservas; es decir, se niega a sí mismo para ayudar a otros. No se echa hacia atrás ante las dificultades, sino que las afronta con fe y confianza. Sigue las enseñanzas de Jesús con entereza y esperanza.
“La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo y su resurrección son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 561). “Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo” (Santa Rosa de Lima, cf. P. Hansen, Vita mirabilis, Lovaina, 1668). Según mi estilo de vida, ¿qué significa tomar mi cruz y seguir a Jesús? Porque, el peligro es el que nos advierte el Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? ¿Qué podrá dar para rescatarse?” (Mateo 16:26). ¡Señor, dame la alegría de seguirte!
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A.