Si hacemos memoria, quizá tengamos recuerdos de nuestra infancia, cuando nuestros padres nos decían: “Mira, hijo-hija, escucha y pon atención a lo que te voy a aconsejar”. O también nos decían: “Abre los ojos y fíjate hacia dónde vas”. En fin, cada uno de nosotros puede hacer eco en la memoria y en el corazón de todos esos sabios consejos. Cada consejo fue dirigido a todos los miembros de la familia, y cada uno lo comprendió y acogió de manera diferente. Hoy, la Palabra de Dios, en la parábola del sembrador, describe la misión de Jesús y las distintas formas de acogida y apertura que encuentra en las personas.
Cada semana, en la Eucaristía dominical, nosotros somos parte de ese auditorio. ¿De qué forma escucho su Palabra? ¿Qué acogida le doy en mi corazón? ¿Doy fruto de lo que escucho? La respuesta la conoce cada uno, porque es personal; depende de la tierra que hay en mí y de cómo está cuidada. Para que la tierra sea fértil, debemos poner nuestro grano de arena. Por ejemplo: participar regularmente en los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, acudir a algún retiro espiritual o a las catequesis ofrecidas en nuestra parroquia. Nuestro compromiso debe ser activo, tanto para acoger la Palabra como para llevarla a otros que no la conocen. Seamos, pues, buenos sembradores perseverantes, para que la semilla nazca sana y fuerte en nosotros y dé fruto. “El que tenga oídos, que escuche” (Mateo 13:9).
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