En cualquier cultura, la familia es muy importante. En tiempos de Jesús, la familia lo era todo. Por esa razón, Él hace una comparación tan profunda: al seguirlo y ser discípulo suyo, se deja lo más querido, que es la familia. Jesús debe ser el centro de todo. “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí.” (Mateo 10:38).
Dios es muy generoso; nadie le gana en eso. Por eso, la recompensa a su seguimiento es inmensa: somos hijos e hijas adoptivos del mismo Padre que nos ama. ¿Qué tanto estoy dispuesto a seguir a Jesús de ese modo tan radical? Si tengo un llamado especial al sacerdocio o a la vida religiosa, ¿estoy dispuesto a seguirlo? La respuesta es personal; cada vocación es importante y todo implica sacrificio. Pero, a la vez, todo será recompensado con el ciento por uno. La generosidad de Dios no tiene medida. Señor, abre nuestro corazón a tu Palabra; invítanos a participar de tu amistad, para que vayamos a proclamar tu Reino de justicia y de paz, que tanta falta nos hace en la sociedad actual. Deseamos colaborar contigo, aunque sea desde nuestro hogar, siendo los mejores padres y madres de familia. Y desde mi cama de enfermo terminal, desde ahí, Señor, te digo con fe: Aquí estoy, cuenta conmigo.
©LPi
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A.