El evangelista Juan presenta a Jesús como el hombre que da luz, que es la luz. Describe paso a paso el proceso de fe del ciego de nacimiento. Jesús cura al ciego y lo envía a que se lave en la piscina de Siloé, que significa “Enviado”. Él obedece y queda curado. Después del milagro, surge mucho desasosiego: si realmente era el mismo hombre, cómo fue curado, y otros cuestionamientos más. Él lo explica con lujo de detalles, pero no le creen. Luego interrogan también a sus padres. Finalmente, el hombre enfrenta a los fariseos, y lo expulsan de la sinagoga.
A continuación, nos narra el Evangelio: “Jesús se enteró de que lo habían expulsado. Cuando lo encontró, le dijo: ‘¿Tú crees en el Hijo del Hombre?’ Le contestó: ‘¿Y quién es, Señor, para que crea en él?’ Jesús le dijo: ‘Tú lo has visto; es el que está hablando contigo’. Él entonces dijo: ‘Creo, Señor’, y se arrodilló ante Él” (Juan 9:35-38).
¡Qué felicidad! El ciego ve la luz, mientras que los fariseos, aunque ven a Jesús, quedan ciegos al rechazar al que es la luz. La fe nos saca de las tinieblas. Veamos cómo el ciego, en su proceso de fe, primero dice que el hombre que lo curó se llama Jesús. Luego afirma que es un profeta. Más adelante declara que es un hombre de Dios, y finalmente se postra ante Él en adoración. ¿Qué debemos aprender de este ciego? ¿Qué nombres damos a Jesús en nuestro propio camino de fe? ¿Cómo podríamos describir la manera en que Dios ha curado nuestras enfermedades y perdonado nuestros pecados, como lo hizo con el ciego de nacimiento? ¡Jesús, que vea! ©LPi
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