“¿Quién subirá hasta el monte del Señor? ¿Quién podrá entrar en su recinto santo? El de corazón limpio y manos puras, y que no jura en falso” (Salmo 23). El salmo nos hace la pregunta y él mismo da la respuesta. El papa Francisco, durante su pontificado, nos recordaba constantemente que todos estamos llamados a la santidad. Por nuestro bautismo, estamos llamados a una profunda perfección en el amor. Los santos vivieron ese camino de amor. La gracia de los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación y la Eucaristía, les bastaba para seguir las bienaventuranzas del Evangelio de hoy, viviendo un camino de santidad. No es fácil, por supuesto, pero sí es posible poniendo siempre su esperanza en el Señor.
La santidad implica algo importante: ser sencillos y coherentes con el Evangelio, tratando todos los días de lograrlo. Las Bienaventuranzas encierran el secreto de un nuevo modo de ser y de vivir, y solo a base de oración y entrega se logra ese camino de santidad. El mundo de hoy indica un camino totalmente contrario al mensaje del Evangelio: riqueza, viajes, moda y confort, olvidando que todo eso es pasajero y se queda aquí. “Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia. Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad” (Papa Francisco, 01-11-2020).
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