En la sociedad actual hacen falta personas que den testimonio de tu Evangelio en medio del mundo, y si surgen algunos que se arriesgan, tienen miles de trabas para demostrarlo. Las amenazan, las desaparecen y, en muchas ocasiones, les quitan la vida. Sin embargo, la invitación sigue en pie para anunciar tu Palabra: “Siempre debemos orar al dueño de la mies, que es Dios Padre, para que envíe obreros a trabajar en su campo, que es el mundo. Y cada uno de nosotros lo debe hacer con un corazón abierto, con una actitud misionera; nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal” (Papa Francisco, 7 de julio de 2019).
¿Qué estoy dispuesto a hacer por las vocaciones sacerdotales y religiosas de mi diócesis? ¿Qué hago por los laicos comprometidos de mi parroquia? Todos debemos cooperar para que el Reino de Dios crezca; todos somos pueblo de Dios y ovejas de su rebaño (Salmo 99). “Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar” (Mateo 10:8). Es la gratitud de la fe la que nos mantiene en pie de lucha. Dios nos da a manos llenas; su misericordia se manifiesta de diferentes maneras: en la familia, en el trabajo, en la universidad, y, en fin, en cada amanecer Él está con nosotros. Por lo tanto, urge que colaboremos con Dios de alguna forma: “Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger la cosecha” (Mateo 9:38).
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A.