La experiencia de la Pascua de aquella mañana era, sin lugar a duda, clara y perfecta: se trataba de ver y creer. Al amanecer, muy tempranito, fue María Magdalena al sepulcro para buscar al Señor; sin embargo, ¡qué sorpresa tan grande! Estaba movida la piedra del sepulcro. De inmediato regresó para avisar a Pedro y a Juan, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto” (Juan 20:2). ¡Qué tremenda sorpresa para ellos! Después de ver sufrir a Jesús en la cruz, ahora estaba desaparecido. Sin embargo, ese no era el plan trazado por Dios para comprender la resurrección de su Hijo. Los más cercanos a Jesús —los que habían caminado juntos, predicando, curando a los enfermos y haciendo milagros— ahora tenían que testificar que Jesús había resucitado, que estaba vivo y que era el mismo que había compartido el pan con ellos.
El Evangelio nos dice: “No habían entendido todavía la Escritura: él debía resucitar de entre los muertos” (Juan 20:9). ¡Cristo vive! En verdad ha resucitado: este es el grito de sus discípulos y de la creación entera, entonces y ahora. El gozo y la alegría deben brotar del corazón de cada cristiano. Alegrémonos con este gran regalo de la Pascua; seamos portadores de paz y no de miedo. Seamos heraldos de esperanza en medio de la hostilidad y el odio que tantas veces paralizan la gracia de Dios en el mundo. ©LPi
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A.