Las palabras de Jesús en la liturgia de hoy son como un testamento que se cumple con la llegada del Consolador: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes” (Juan 14:15). ¿Qué nos toca cumplir a nosotros ante la petición de Jesús? Solamente una cosa: cumplir los mandamientos; es decir, vivir según el Evangelio, siendo caritativos y generosos. Aunque nos cueste dejar el egoísmo, la misericordia puede vencer por medio del amor.
“Cuántas personas se han alejado, por ejemplo, de la parroquia o comunidad por el ambiente de habladurías, de celos, de envidias que han encontrado. También para un cristiano, el saber amar no es un dato adquirido una vez para siempre; hay que volver a empezar cada día, hay que ejercitarse para que nuestro amor hacia los hermanos y hermanas que encontramos se vuelva maduro y purificado de aquellos límites o pecados que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel. Cada día se debe aprender el arte de amar” (Papa Francisco, 21 de mayo de 2017). Más claro que el agua no puede ser: el Espíritu Santo nos acompaña, y la muestra de nuestro amor a Jesús está en practicar los mandamientos. Pidámosle a Jesús que nos ayude con su gracia a ser dóciles a la voz de Dios. La vida es difícil; se presentan muchas cosas cada día, pero por lo menos seamos coherentes en la fe.
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