El Espíritu Santo llena el vacío que la Ascensión del Señor había dejado en los discípulos. Ahora da comienzo la Iglesia naciente, con la fuerza del Espíritu Santo en sus corazones. Pentecostés es la realidad presente del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la Iglesia. Es el Espíritu quien nos sostiene, impulsa y fortalece. Este día, la Iglesia entera se anima con cantos y alabanzas por este gran acontecimiento: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo. A quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos’” (Juan 20:22-23).
La Iglesia es una, como lo recitamos cada domingo en el Credo, y es obra del Espíritu Santo. Como dice san Pablo: “Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de obras, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común” (1 Corintios 12:4-7). Esto nos recuerda que nadie es dueño de los ministerios en la Iglesia, ni puede aprovecharse del poder que se le otorga en el servicio. Solo somos servidores al servicio del Señor. El Espíritu Santo está para construir las comunidades, los grupos parroquiales, los movimientos y las organizaciones. Y la mejor manera de construir es obedeciendo al Señor, que nos dice en su Evangelio: “¡La paz esté con ustedes!” (Juan 20:21). La paz une, anima y fortalece.
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